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domingo, 23 de enero de 2011

Una pequeña ventana

Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado en El País el 21 de enero de 2011:

"Los acontecimientos en Túnez tienen lugar en un momento crucial en toda la región. En Marruecos, las reformas están estancadas mientras la corrupción sigue extendiéndose; en Egipto, Hosni Mubarak, con 82 años, está intentando que su hijo le suceda, lo que le ha llevado a elevar aún más el nivel de represión; en Argelia, el presidente Abdelaziz Buteflika, con 73 años, no estará mucho más tiempo en el poder y el descontento también es patente; incluso Muammar el Gaddafi, con 68 años, está pensando en cómo afrontar una difícil sucesión. Una salida satisfactoria de la crisis tunecina tendría pues importantísimas consecuencias para la región. Sin embargo, la ventana de oportunidad que representa la crisis no estará abierta eternamente y muy fácilmente podría cerrarse, lo que no solo sería una tragedia para los tunecinos, sino que muy seguramente significaría que las reformas políticas en la región tendrían que esperar al menos otra década.

Es muy importante por tanto que los Gobiernos europeos, con la UE a la cabeza, se impliquen activamente en garantizar que el actual proceso de transición concluya satisfactoriamente. Es cierto que hay razones de peso para dudar de que después de haberlo hecho tan mal durante tantos años vayan a poder hacerlo ahora bien. El desconcierto e incluso la incredulidad han sido la tónica dominante en las reacciones diplomáticas a este lado. Ha tenido que venir Barack Obama a "felicitar al pueblo tunecino" para que muchos cayéramos en la cuenta de que el lenguaje diplomático puede dar cabida a ese tipo de giros. Pero bien visto, los errores cometidos hasta ahora son el principal argumento para el optimismo: aunque sea por eliminación, acertar a partir de ahora debería ser muy fácil. Así que, en lugar de continuar con los reproches, tiene más sentido intentar aprender de los errores pasados.

Sin buscarlo, la UE se ha encontrado con una oportunidad estratégica; desaprovecharla sería imperdonable. Es hora por tanto de que Europa deje de temer los cambios en la región y pase a apoyarlos de verdad porque lo cierto es que muy fácilmente podrían descarrilar y devolver a Túnez a un escenario autoritario o, alternativamente, de caos, inseguridad o inestabilidad que es el que muchos regímenes de la zona quisieran ver triunfar (y que no se descarta que algunos estén promoviendo escondidamente). Para ello, sería necesario que España y otros alentaran a la UE a ofrecer, en solitario o junto con otros, una serie de medidas que expresaran el apoyo claro e incondicional a las reformas en curso. Ese paquete podría incluir: primero, ayuda económica y financiera de emergencia en el periodo que lleve a las elecciones; segundo, asistencia para la redacción de las medidas legislativas que garanticen el pluralismo político y la libertad de prensa antes de las elecciones, así como la propia organización y supervisión de ese proceso electoral para garantizar que se desarrolle de acuerdo a estándares democráticos aceptables; y, tercero, el envío de una misión de asistencia judicial-policial que ayudara a la reforma de los servicios policiales y de seguridad, con especial énfasis en la supervisión y garantía judicial de los derechos fundamentales, pero también de las normas relativas a la transparencia de las administraciones públicas y la lucha anticorrupción.



Estas medidas dispondrían de plena cobertura legal bajo el artículo 2 del vigente acuerdo de asociación UE-Túnez, que especifica claramente que "los principios democráticos inspiran las políticas internas y las relaciones entre ambas partes ", además de bajo el marco legal vigente en la propia UE, (artículos 3.5 y 21 del Tratado) que establece claramente el principio de condicionalidad democrática en sus relaciones exteriores. Por tanto, al igual que ocurrió con España en 1962, cuando se le negó un acuerdo de asociación, o con Grecia en 1967, cuando se suspendió el acuerdo de asociación vigente a raíz del golpe de los Coroneles, la UE dejaría claro que un desenlace insatisfactorio del proceso de reformas conllevaría la suspensión del acuerdo de asociación de 1995. E, inversamente, que caso de culminar las reformas políticas de forma satisfactoria se le ofrecería el incentivo del llamado "estatuto avanzado" en sus relaciones, con una importante mejora en términos de liberalización comercial (especialmente en el ámbito agrícola), esencial para generar oportunidades económicas que acaben con la crisis social.

Que esta crisis haya coincidido con el colapso de la Unión por el Mediterráneo, incapaz siquiera de reunirse, es una coincidencia que debe ser aprovechada, no solo para ayudar a Túnez sino también para ayudarnos a nosotros mismos a salir de la esquina donde nos habíamos encerrado."
 
José Ignacio Torreblanca es Profesor de Ciencia Política de la UNED y Director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.
lunes, 19 de julio de 2010

ESTADOS-EMBRIÓN

Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado en "El País" el 12 de julio de 2010:

"La semana pasada hablaba de los BRICs o países emergentes, Estados que bajo diferentes configuraciones y etiquetas avanzan con paso firme para hacerse un hueco entre los grandes. Pero hoy toca tratar con los Estados-embrión, aquellos que todavía no han nacido, que están intentando romper el cascarón o que acaban de asomarse al mundo. En la mayoría de los casos, su origen está en un fallo sistémico en el Estado matriz o en el intento (fracasado) de un Estado de imponerse por la fuerza a una minoría étnica concentrada geográficamente.

Por decirlo en términos biológicos, se encuentran en el extremo opuesto de la cadena alimentaria: sus poblaciones suelen ser pequeñas; su historia, traumática, a menudo dominada por las guerras o los conflictos étnicos; sus identidades nacionales, controvertidas; sus vecinos, generalmente hostiles; su riqueza, escasa; y su viabilidad política y económica, más que cuestionable. Para colmo, la comunidad internacional suele recibirlos con una mezcla de desdén y preocupación y suele demorar o negarles el reconocimiento que les permitirá prosperar. Y, pese a todo, pugnan por sobrevivir. Como los polluelos que rompen el cascarón, algunos de ellos triunfarán, pero otros fracasarán y se convertirán en Estados fallidos o serán reabsorbidos por Estados más grandes; alguno incluso se quedará en tierra de nadie.


Timor Oriental o el Sáhara Occidental llegaron tan tarde a la descolonización que fueron colonizados por los que acababan de ser descolonizados. Trágicamente, salieron de una potencia colonial para caer en manos de otra. Sin embargo, el primero (Timor) pudo ejercer su derecho a la autodeterminación y convertirse en una democracia mientras que el segundo (el Sáhara) quedó atrapado, primero en las redes geopolíticas de la guerra fría y, después, en el miedo al islamismo en Occidente. Kosovo y Palestina tienen la mala suerte de que partes de su territorio tienen un carácter cuasi-sagrado o fundacional para sus dominadores. Pero aquí también los desenlaces son distintos: mientras que, ante la intransigencia serbia, EE UU dio el último picotazo que permitió ver la luz del día al cascarón kosovar, Washington se resiste a apoyar una declaración de independencia del Estado palestino.
El caso paradójico es Somaliland, el pequeño territorio desgajado de Somalia en 1991 que acaba de celebrar sus segundas elecciones democráticas. Unas elecciones libres en el cuerno de África son el colmo, pero si encima las gana la oposición y el Gobierno entrega pacíficamente el poder, se acercan ya el milagro. En Etiopía en 2005, Kenia en 2007 y Zimbabue en 2008, los Gobiernos de Estados reconocidos internacionalmente perdieron unas elecciones, las amañaron para ganar y se salieron con la suya. Y, sin embargo, la comunidad internacional demora su reconocimiento a este joven Estado que, sin ninguna duda, puede dar lecciones de todo no sólo a su Estado matriz, Somalia, arquetipo del Estado fallido, sino a todos sus vecinos.
En la mayoría de los casos, estos Estados-embrión no son sostenibles ni viables por sí mismos: para sobrevivir dependen de que la comunidad internacional los adopte temporalmente. Pero para ello deben lograr el máximo grado de reconocimiento internacional. Esa necesidad de reconocimiento es lo que se convierte en un acicate: pese a los tópicos, Kosovo tiene uno de los índices de criminalidad más bajos de Europa (por debajo de Suecia); el Gobierno palestino de Fayad está deslumbrando a la comunidad internacional por la seriedad de sus reformas y los rebeldes del sur de Sudán preparan con cuidado el referéndum de independencia previsto en los acuerdos de paz de 2005.
Desde que superamos las monarquías absolutas de derecho divino, la única justificación de la soberanía de un Estado reside en su capacidad de proteger las vidas y libertades de las personas que viven en un territorio. Pero en muchos lugares del planeta, la soberanía se ha convertido en una mera patente de corso para robar y reprimir a la población. No extraña que expertos como Pierre Englebert propongan el "desreconocimiento" internacional de aquellos Estados que se hayan convertido en tiranías cleptocráticas sin viso de mejoría. Desgraciadamente, los nuevos Estados vienen a un mundo hobbesiano en el que no hay asomo de justicia ni equidad sino una mera lucha por la supervivencia donde el azar, las circunstancias y, sobre todo, los padrinos geopolíticos que uno tenga en cada momento determinarán las posibilidades de éxito. Pregúntenle si no a la democrática Taiwan, que año tras año va perdiendo reconocimiento internacional a favor de una China que es la dictadura más grande del planeta. A veces, para poner las cosas en perspectiva, hay que irse al cuerno (de África)."

José Ignacio Torreblanca es Profesor de Ciencia Política de la UNED y Director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.
lunes, 21 de junio de 2010

DIOS DE LA LLUVIA

Artículo de José Ignacio Torreblanca publicado en "El País":

"Si después de años de rezos sigue sin llover, hay dos opciones: una, que hayamos seleccionado la plegaria equivocada; dos, que no exista una relación causal entre el rezo y la lluvia. En el primer caso, buscaríamos una plegaria mejor; en el segundo, dejaríamos de rezar y pensaríamos en alternativas. Todo esto viene a cuenta del debate sobre si la UE debe o no cambiar la posición común hacia Cuba, establecida en 1996 por iniciativa del Gobierno de Aznar y que supedita el avance en las relaciones entre la UE y Cuba al progreso en la cuestión de la democracia y los derechos humanos.

La posición de la UE hacia Cuba, más que ejemplo de solidez, demuestra sus contradicciones

¿Ha funcionado la posición común? ¿Debe cambiarse? ¿Por cuál? Son preguntas distintas, que requieren análisis diferenciados. Que la posición común haya funcionado o no depende de cuál fuera su objetivo. Lo mismo debe decirse, por cierto, de los cincuenta años de errores de la política estadounidense. Si el objetivo era traer la democracia a Cuba, lo cierto es que ha fracasado, por lo que debería cambiarse. Pero siendo realistas, es muy difícil pensar que una posición común de la UE, ni esta ni otra, pueda traer la democracia a Cuba. No solo se trata de que en los regímenes autoritarios los cambios políticos suelan fraguarse internamente, sino de tener en cuenta que en este caso existen otros actores (Estados Unidos, Brasil, México o Venezuela) que influyen mucho, y en direcciones contrarias, lo que debilita sumamente la eficacia de cualquier política europea (máxime si, además, los europeos se encuentran divididos internamente).



Que el aislamiento no haya funcionado tampoco supone que el diálogo sin condiciones lo vaya a hacer: de hecho, es más que probable que se trate del mismo error pero con signo contrario, es decir, volviendo al ejemplo de la lluvia, de un cambio de plegaria. Y tampoco parece ser lo que la ciudadanía española quiere: los barómetros del Real Instituto Elcano (23ª Oleada, marzo de 2010) muestran que el caudal de simpatía con Cuba se ha agotado incluso entre los votantes del PSOE, siendo reemplazado por un hastío generalizado con el régimen de los Castro. De hecho, a decir del 67% de votantes que se definen de izquierdas y que rechazan el diálogo sin condiciones con Cuba, parece que la posición del ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, carece de respaldo incluso entre su electorado.



El régimen cubano ha demostrado sobradamente que no está dispuesto a entrar en un juego en el que se intercambien reformas (políticas y/o económicas) por concesiones económicas o comerciales. Si tras la caída del muro y el fin del apoyo soviético los cubanos hubieran querido liberalizar la economía e imitar el modelo chino o vietnamita, ya lo habrían hecho. Pero Castro es un auténtico leninista, y además bien informado: sabe perfectamente que si liberalizas la economía acabarás creando una clase media que te exigirá que respetes sus derechos de propiedad, para lo cual tendrás que darles representación política. Si ya sabes que la secuencia de reformas acaba en una democracia burguesa en la cual solo te vota el 10% de la población, ¿por qué ibas a emprender ese camino y traicionar una revolución cuya seña de identidad es el igualitarismo a ultranza? Gracias al apoyo de Chávez y a la solidaridad de la izquierda latinoamericana, el régimen de Castro tiene la legitimidad y los recursos económicos para sobrevivir (aunque sea a un paso del abismo), así que, mientras Castro viva, el régimen siempre preferirá reprimir a la población antes que liberalizarse (y menos hacerlo bajo presión exterior). Y como muestran las actuales conversaciones con la Iglesia católica, cuando la legitimidad internacional se resiente un poco, el tratamiento a la oposición es tan brutal que permite disfrazar los gestos humanitarios como progresos políticos.



Pero eso no oscurece el hecho de que la posición común hacia Cuba es tan anómala y excepcional que más que dar ejemplo de la solidez de la política europea de promoción de la democracia y derechos humanos, lo que ejemplifica es sus inmensas contradicciones. Al fin y al cabo, la UE mantiene excelentes relaciones diplomáticas con Arabia Saudí, Túnez, Siria o Uzbekistán a pesar de que estos países también obtienen año por año la peor puntuación en el examen sobre democracia que la organización Freedom House realiza cada año a 194 países. Sin duda, una de las prioridades que lady Ashton, en su calidad de alta representante para la política exterior europea, debería adoptar es la de dar un mínimo de coherencia y homogeneidad a la política europea en este ámbito pues, de lo contrario, estará tan plagada de sospechas y contradicciones que nadie se tomará en serio los valores que los europeos decimos defender. En fin, que si hay que rezar por algo, que sea para que los cubanos del mañana piensen que nuestros errores fueron bienintencionados."

José Ignacio Torreblanca es Profesor de Ciencia Política de la UNED y Director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.